jueves, 2 de diciembre de 2010

Nunca podré ser el reloj guindado en la pared.
Quietud de espera,
Seguridad de cambio,
Certeza en el siguiente acto.

Respiraciones lentas, profundas entre cada paso.
Búsqueda en el centro,
En el centro de sí mismo.
El centro de los días que se mueven por sus horas,
Acarician los segundos,
Bailan los minutos,
Se adormecen.

Cuando todos duermen,
El reloj sigue allí conversando,
Contando lo que vio durante el día,
Y la noche.

La noche, su compañera.
Están juntos sin contrato, ni condición.
Les tocó acompañarse y eso aprendieron a hacer.
Hoy nada los separa, solamente el día.
Cuando todos duermen, escucho sus susurros
¿Contará las horas? ¿Los minutos? ¿Los segundos?
En el día, por más silente que sea una mañana,
Por más pausada que sea una tarde,
No te escucho reloj.
Esperaré a la noche, solo te atreves a salir
cuando está ella cerca.

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